INÉS DE CASTRO. La reina cadáver
La Edad Media está plagada de capítulos
escritos en sangre, repletos de intrigas, amor y locura.
Esta es una de esas historias.
Nos ubicamos en el inicio de la Guerra de los
Cien Años, en el año 1337. Aquella contienda que enfrentó a Inglaterra y
Francia, afectaba de lleno a los intereses de las coronas ibéricas. Alfonso IV
de Portugal observaba expectante el desarrollo de la misma a la par que buscaba
el modo de trazar una alianza con sus vecinos ibéricos que le garantizase su
posición.
Así fue como pactó el matrimonio de su hijo
Pedro con doña Constanza Manuel, una noble castellana de buena posición e
influencia.
La joven era culta, educada, hermosa y sana,
por lo que todo resultaba propicio. Se dice que el amor surgió desde el momento
en el que Pedro recibió a la comitiva de su futura esposa. El problema es que
ese sentimiento no se despertó por doña Constanza, sino por la mejor amiga de
esta, su dama de compañía, doña Inés.
El amor que de inmediato profesó el heredero de
la corona de Portugal, fue correspondido por ella, que cayó rendida ante el
príncipe. Tanto fue así que aquel mismo día comenzaron su idilio prohibido, o
al menos eso cuentan las malas lenguas.
Que el príncipe tuviese una amante no fue óbice
para que el matrimonio no se consumase, por lo que Pedro y doña Constanza
pasaron por vicaría. Aquello no enfrió lo más mínimo la relación de los dos
amantes, lo que despertó los recelos de Alfonso IV y la tristeza de doña
Constanza.
No obstante, Pedro sacó tiempo para cumplir con
sus obligaciones maritales y regias, y doña Constanza quedó encinta.
Quizá para tratar de poner fin de una manera
pacífica a esa situación que tanto daño le hacía y recuperar la amistad de
quien había sido como una hermana, doña Constanza convirtió a Inés en madrina
de su primogénito Luis. Esto hizo que, durante un tiempo, y quién sabe si por
el sentimiento de culpa, los amantes relajaran sus ansias. Sin embargo, el
joven Luis murió de manera trágica al poco de nacer y por tanto, lo muros que
se le habían puesto al amor acabaron por caer de nuevo.
El rey Alfonso, harto de la situación, exilió a
Doña Inés a Alburquerque, en Badajoz. Sin embargo, su plan no hizo más que
empeorar la cosa, pues ofreció a la pareja un nidito de amor lejos de la corte
en el que dar rienda suelta a sus pasiones.
A pesar de todo, del matrimonio de Pedro y doña
Constanza nacieron dos hijos más, pero quiso el destino que ella falleciese en
el año 1349 debido a las complicaciones del parto de la última de sus hijas.
Pedro pensó que, viudo como estaba, nada
impediría ya formalizar el amor que tanto tiempo había guardado con Doña Inés,
por lo que la pareja se instaló en Coimbra, en el Monasterio de Santa Clara. El
rey Alfonso IV condenó aquella convivencia pecaminosa, e instó a su hijo a
poner fin a semejante afrenta a su apellido. A Pedro y a Inés poco les importó,
como demuestra los cuatro hijos que tuvieron en común.
En el año 1351, Pedro e Inés solicitaron al Papa
la bula necesaria para contraer matrimonio, ya que ambos eran primos. Sin
embargo, desde la sede papal en Avignon (pues allí se instalaban los papas por
aquellos entonces) rechazaron de plano la petición, probablemente influidos por
el propio rey Alfonso.
Aquella situación, a ojos del monarca, era
insostenible. Y no solo por las habladurías, sino porque doña Inés estaba muy
alejada de ser una mujer florero. Era inteligente, culta, y Pedro confiaba en
ella, por lo que se convirtió en su mejor consejera. Y no hay nada que enfade
más a un rey que un heredero díscolo al que no pueda «guiar».
Así pues, el rey Alfonso contrató a tres hombres
y tomó una decisión que quedaría para siempre marcada a fuego en la historia y
la literatura.
Aprovechando un día en el que Pedro estaba de
cacería, los tres tipos fueron a buscar a Inés y, sin mediar más palabras y
ante la aterrada mirada de sus hijos, la arrastraron hasta el patio del
palacio. Y allí, junto a una fuente, la degollaron.
Cuando Pedro volvió y encontró el cadáver de su
amada, con las piedras blancas de la fuente teñidas por siempre de rojo, la
tristeza y la locura se apoderaron de él. Reclutó a sus ejércitos y, dispuesto
a cobrarse venganza, declaró la guerra a su padre.
Portugal se sumió en una guerra civil que duró
dos años en las que, con Pedro al frente, las tropas sitiaron Oporto y
devastaron el país entre los ríos Duero y Miño. Sin embargo, el rey Alfonso
siente que sus días se van agotando y en 1357, ofrece la paz a su hijo para
morir poco después.
Pedro es coronado como Pedro I de Portugal. Y
aquí es donde la historia adquiere un tinte aún más dramático. Su primera orden
como rey es buscar a los asesinos de su amada Inés. Uno de ellos se refugia en
la sede papal de Avignon, donde se le perderá la pista para siempre. Sin
embargo, los dos restantes son entregados por Castilla. Y he aquí que comienza
su venganza.
Quizá, para demostrar que haberle arrebatado a
su amada había sido igual a arrancarle el corazón, ordenó que a los dos hombres
se les torturase y que, a continuación, se les extrajera el corazón… mientras
aún seguían con vida. Uno a través de la espalda, el otro a través del pecho.
Se cuenta que el rey, tras esto, tomó los
corazones de los hombres, y los mordió con rabia para después escupir los
restos al suelo.
Sin embargo, aún quedaba una tarea pendiente.
Ante todos, proclamó que su amada Inés era en realidad su esposa, pues a pesar
de que el Papa les negara el derecho al matrimonio, estos se habían casado en
secreto. Y, como su esposa que era, Inés debía ser proclamada como tal ante el
pueblo y ante toda la nobleza.
Envuelto en dolor y rozando los límites de la
cordura, en 1360 ordena que una comitiva, encabezada por él mismo, acuda a
Coimbra y desentierren a su esposa. Así, con el cadáver descompuesto tras cinco
años, la procesión transporta a la reina hasta el Monasterio de Alcobaça, donde
el rey ha hecho construir una de las tumbas más hermosas que existen del arte
gótico.
Allí, y como último gran acto de su amor,
ordena sacarla de su sepultura, que sea vestida con sus mejores ropajes, que se
la siente en el trono y que se le coloque la corona de reina para ser
proclamada, como debió haber sido, reina de todos los portugueses. Uno a uno
todos los nobles fueron obligados a arrodillarse frente al cadáver para
presentar sus respetos y besar su mano. Se cuenta que Pedro, incluso muerta, la
seguía viendo como la mujer más hermosa del mundo.
Acabado el agasajo, sus restos fueron
transportados a la tumba que él había ideado especialmente para ella, donde por
fin pudo descansar para siempre.
Pero aún queda algo más para acabar esta macabra
y triste historia. La sepultura no estaba completa. Frente al cuerpo de Doña
Inés se colocó otra tumba para un cadáver más, el suyo propio, donde ordenó ser
enterrado a su muerte. Una tumba con una colocación extraña, con ambos cuerpos
enfrentados, pero unidos por los pies. Cuando le preguntaron al rey Pedro I el
porqué de aquella disposición, este respondió: «Para que el día del juicio
final, cuando los muertos se levanten de sus sepulturas, sea a ella la primera
persona a la que vea».
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