SOMBRAS DE HIROSHIMA
Hiroshima despertaba aquel 6 de agosto de 1945 con un día soleado. Los niños iban a las escuelas de manos de sus madres, los operarios se dirigían a sus puestos de trabajo, y la vida transcurría sin prever que la tragedia pronto les marcaría para siempre.
Estados Unidos no solo quería acabar con la guerra de una manera rápida y efectiva, sino enviar un mensaje. E Hiroshima era el lugar idóneo. Incólume ante el paso de la guerra, aquella ciudad, una de las más grandes del país, debía ser, según el presidente Harry Truman, «un escenario ideal de destrucción rápida y absoluta».
Así fue cuando a las 8:15 de la mañana un Boeing B-29 Superfortress llamado Enola Gay, descargó sobre la ciudad a Little Boy, la primera bomba de uranio que sería usada contra población civil.
Little boy explosionó a 600 metros del suelo, lo que no hizo más que extender su radio de acción 7 veces más. 16 kilotones, 4'5 kilómetros de radio y cuatro mil grados centígrados. Pero los datos no importan cuando, tras ellos, solo hay muerte.
La ciudad se consumió. Ciento cuarenta mil personas cayeron bajo aquel hongo infernal que se elevó hasta hacer sangrar el cielo. Edificios, calles, coches, todo ardió de un modo que el hombre jamás había visto, pulverizando cuanto encontraba a su paso hasta dejar solo las cenizas.
Muchos fueron los que murieron por el efecto de las quemaduras y/o la radiación. Sin embargo, aquellos más cercanos al radio de explosión, se desintegraron dejando tras de sí, literalmente, sus sombras.
A lo largo de las calles, las siluetas de sus cuerpos quedaron impresas en el asfalto quemado; sombras negras como el carbón de mujeres, hombres, ancianos y niños aferradas a su último hálito de vida.
Japón se resistió a darse por vencido, y Estados Unidos decidió asestar un golpe aún mayor en Nagasaki. Bockscar y los 21 kilotones de Fat Man hicieron el resto. Lo que vino después, es historia.
Durante muchos años las sombras de aquellas personas permanecieron grabadas en las calles de las ciudades como viejos fantasmas de un tiempo que el hombre jamás debe olvidar. Aunque no solo de seres humanos, también de fuentes, bicicletas, perros… el motivo es simple: la radiación, como el efecto en negativo de una quemadura solar, blanqueó todo cuando encontró a su paso; todo excepto donde había algo que se lo impidiese.
Sin embargo, el tiempo lo borra todo y muchas de
aquellas siluetas, poco a poco, desaparecieron. El gobierno de Japón retiró los
pavimentos de aquellas que aún se mantenían y las trasladó al Museo Conmemorativo
de la Paz de Hiroshima. Y allí se conservan a día de hoy y para siempre,
silenciosas como lápidas sin nombre, pero reclamando a gritos su memoria con la
esperanza de que aquel momento, uno de los más fatídicos de la historia de la
humanidad, no vuelva a repetirse jamás.
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