DIENTES DE WATERLOO
Entre
los días 15 y 18 de junio de 1815 tuvo lugar una de las más sangrientas
batallas de la historia.
En las
cercanías de Waterloo, 124.000 franceses se enfrentaron a una fuerza conjunta
de 100.000 soldados ingleses y holandeses y 117.000 prusianos.
Las descargas de obuses no se hicieron esperar.
Los
depósitos de pólvora estallaron a un lado y a otro, las balas de fusil se
estamparon en los cuerpos de los hombres sin necesidad de apuntar y las
bayonetas se hincaban en la carne con solo alzarlas al frente.
Los
campos de maíz quedaron tan anegados de sangre, que todas las cosechas de aquel
año se echaron a perder. En total, más de 53.000 hombres murieron aquel día.
Pero
incluso después de esta carnicería, aunque no lo parezca, todavía quedaba
espacio para mostrar lo peor del ser humano.
Aquella era una época de penurias, de
insalubridad, de hambre y de supervivencia. Las clases altas vivían en un mundo
paralelo al de las clases más bajas (tampoco ha cambiado tanto la cosa) y
artículos como el azúcar eran productos que solo estaban al alcance de unos
pocos.
Las
escasas condiciones de salubridad hacían que algo tan básico como conservar la
dentadura completa se convirtiera en una utopía. Esto aún se aguzaba más en la
alta sociedad, donde la alimentación a todo trapo hacían de las caries algo tan
habitual como los dientes podridos. Tanto era así, que muchos de estos hombres
ricos optaban, directamente, por sacarse todos los dientes y usar dentaduras
postizas elaboradas con dientes de colmillo de morsa o de hipopótamo. El
problema era que estos, con el paso del tiempo, se ponían negros. Algunos
dentistas como Claudius Ash usaban réplicas de porcelana pegadas sobre láminas
de oro, sin embargo estas no solo eran tremendamente caras, sino que la
porcelana se quebraba con facilidad.
Así
pues, la única solución real pasaba por hacer dentaduras con dientes de verdad,
es decir, dientes humanos. Las grandes fortunas del nuevo mundo y la vieja
Europa buscaban a muchachos jóvenes y desesperados para que se dejasen extraer
toda la dentadura a cambio de unas monedas. El mercadeo de dentaduras se
convirtió en todo un negocio, pero estos desdichados que cambiaban su salud
bucal por dinero no cubrían las demandas del mercado.
Pero
como decía antes refiriéndome a la batalla de Waterloo, todavía quedaba por
mostrar algo más de lo peor del ser humano. Y es que los carroñeros encontraron
en aquel enorme sembrado de muerte todo un filón.
Tras la batalla, los cuerpos quedaron a la
intemperie durante semanas, meses y quién sabe si para toda la eternidad.
Un
auténtico batallón de rapiña se desplegó por los campos tomando todo aquello de
valor que encontraban, y sí, extrayendo los dientes sanos a todos esos
muchachos jóvenes que ni siquiera habían tenido la oportunidad en sus cortas
vidas de maltratar sus dentaduras.
Aquellas piezas dentales, en cargamentos de
miles de kilos, fueron enviadas principalmente a Gran Bretaña y Holanda, donde
acabaron en las pútridas bocas de lores, grandes burgueses y nobles de alta
alcurnia.
Tan impolutos estaban los dientes de aquellos
jóvenes desdichados que la marca "dientes de Waterloo" se convirtió
en un sinónimo de calidad.
El propio Thomas Jefferson (de quien hice un
artículo no hace demasiado) portaba entre sus mandíbulas una de estas
dentaduras.
El negocio fue tan exitoso que la operación se
repitió en guerras posteriores como la de Secesión estadounidense, esta vez
para surtir a muchos de aquellos viejos ricos que propiciaron la guerra, pero
que después no estaban allí para lucharla.
Volviendo
a la macabra Waterloo, a los historiadores siempre hubo un hecho que les
descuadró de aquel campo de batalla. Si tantos cadáveres hubo, ¿dónde estaban
los cuerpos?
Curiosamente,
en Waterloo no se han encontrado fosas de la magnitud necesaria para albergar
tanto interfecto.
Y es
que a esta truculenta historia aún le queda un giro de tuerca.
Tony Pollard, profesor de la universidad de
Glasgow, realizó una concienzuda investigación y se topó con algo que hizo que
un escalofrío le recorriera el espinazo.
Si
apenas se encontraron cadáveres, es porque sus huesos fueron molidos hasta
hacer harina y todas aquellas toneladas transportadas a Gran Bretaña para
fertilizar sus campos.
Existen
pruebas de varios artículos de 1820 que hacen referencia a la calidad de estos
abonos y su transporte a las islas.
Así pues, ya vemos que los nazis no inventaron
nada cuando con los cadáveres de los prisioneros hicieron lámparas, jabones,
cepillos, abonos o todo tipo de material textil.
Y es
que, como dijo Jiddu Krishnamurti: No es signo de buena salud el estar bien
adaptado a una sociedad profundamente enferma.
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