EL ORIGEN EGIPCIO DE LA CENICIENTA
Dice el cuento que una muchacha, de pies muy pequeños, es constantemente
humillada por sus hermanas y tratada como una esclava al asignarle las tareas
más penosas del hogar. Cuando llega la noche, la joven se encierra en su
habitación, suspira y sueña con salir de aquella casa y convertirse en una
princesa. Tras una serie de incidentes, pierde uno de sus zapatos, y este es
recogido por un noble que, como una obsesión, busca a su dueña por toda la
región.
¿Cenicienta? Pues siento deciros que no,
pues la muchacha se llama Ródope y, aunque es griega, la historia transcurre en
el antiguo Egipto.
El cuento de cenicienta nos llegó sobre
todo a través de los hermanos Grimm y de Perrault, pero la leyenda de Ródope es
tan anterior que ya la recogía Estrabón en algún punto del primer siglo antes
de Cristo.
En ella se cuenta la historia de una
muchacha griega que es capturada por piratas y vendida como esclava en Egipto;
una muchacha singular en aquellos lares, pues era rubia, de ojos verdes, y sus
mejillas se sonrojaban con poco que le diese el sol. De ahí que la llamasen
Ródope o Rhodopis, en griego «mejillas rosadas».
El caso es que esto servía de mofa para
el resto de esclavas, y también como excusa para que acabaran convirtiéndola,
de entre todas, en la más maltratada. Tanto, que la pobre ni tenía zapatos. Su
amo, un anciano bondadoso (aunque un tanto desnortado), la vio ahogando su pena
bailando a orillas del Nilo. Tanto afecto y ternura le despertó aquella
muchacha descalza, que le regaló unas sandalias rojas y doradas. Aunque esto,
por desgracia para ella, no hizo más que azuzar la malsana envidia del resto de
esclavas.
Resultó que por aquellos entonces el
faraón celebró un gran fasto en Menfis e instó a que todos a que acudieran.
Esclavos y señores se engalanaron para la ocasión, pero las esclavas tendieron
una trampa a Ródope, que tuvo que quedarse hasta más tarde para acabar sus
deberes. Corrió cuanto pudo, ansiosa por acudir a la fiesta, pero la trampa
estaba bien urdida, y Ródope tuvo que ver cómo la balsa que debía llevarla a la
ciudad se alejaba con ella en tierra mientras el resto de mujeres se reían a
bordo.
Desolada, se sentó a la orilla del río,
dejó sus zapatos nuevos a un lado y lloró desconsolada. La mala suerte parecía
querer cebarse con ella, pues un halcón se posó a su lado y le robó una de las
sandalias. Pero quiso el destino que aquel halcón volase hasta la fiesta del
faraón, quien bostezaba de puro aburrimiento. Sus sentidos se despertaron por
ensalmo cuando el halcón posó la sandalia en su regazo.
El monarca tomó aquella extraña
circunstancia como una señal de Horus, y que con base en ella debía encontrar a
la dueña de aquel zapato fuera como fuese. Sin pensarlo dos veces, reunió a su
corte y recorrió todo Egipto en busca de aquella mujer que le guardaban los
dioses.
Recorrió el país, región tras región, y
probó aquel zapato en los pies de cuanta dama encontraba, pero todos eran
demasiado grandes para aquella sandalia. Los días pasaban y la desesperanza
comenzaba a apoderarse de él. Y fue entonces cuando su barca atracó frente a la
casa de Ródope.
Las esclavas, al ver acercarse al
faraón, corrieron en su busca, dejando atrás a la esclava griega. Cuál no fue
la sorpresa de ellas al ver que el faraón llevaba entre sus manos una sandalia
idéntica a la de Ródope. A espaldas del monarca, la escondieron entre unos
juncos y la obligaron a permanecer allí.
El faraón probó la sandalia en las
mujeres de la casa, con idéntico fracaso. Abatido, regresó a su barca y entabló
su regreso. Pero justo en ese momento, cuando se alejaba para siempre, vio a
una muchacha escondida entre los juncos.
Al solicitarle que saliese, las esclavas
gritaron que era imposible que alguien tan paliducha fuera la mujer a quien
buscaba. Además, era extranjera, ¿cómo iba ella a ser la mujer que Horus había
dispuesto para su majestad? Pero el faraón, al ver a la muchacha sucia,
malvestida y quemada por el sol, respondió: «Ella es más egipcia que ninguna,
pues sus ojos son del color del Nilo, su pelo del color del papiro, y su piel
tan rosada como la flor de loto».
El faraón se acercó hasta ella, se
arrodilló y le mostró la sandalia. Ródope salió de su escondrijo, asustada, e
introdujo su pie. Este encajó a la medida exacta del zapato. El monarca,
repleto de dicha, le tendió la mano, la montó en su barca y juró que la
convertiría en su reina. Juntos partieron para Menfis y, suponemos, fueron
felices y comieron perdices.
Esta leyenda ha llegado hasta nuestros
días, transformada y adaptada a Occidente, pero también existen otros cuentos
similares en lugares tan remotos como China o Vietnam.
Como última curiosidad, la dama llamada
Rhodopis, existió realmente. Se llamaba Rodicha, y se trataba, en realidad, de
una doncella de origen tracio, al parecer bella hasta el extremo, y que ejercía
la profesión de hetaerae, esto es, una artista/conversadora/prostituta de lujo
que gozaba de gran nivel cultural. Tan alta debía ser su educación, que eran
las únicas mujeres de Grecia que podían participar en el simposio. Herodoto la
menciona en sus crónicas y, según parece, la mujer fue contemporánea de Esopo
(con quien se dice tuvo una relación) y, tras ser vendida como esclava en
Egipto, se contaba la leyenda de que acabó convirtiéndose en reina y que, por
ella, se construyó la tercera pirámide. Se sabe que Doricha, en realidad,
consiguió liberarse y que regresó a Naucratis, su ciudad, pero su leyenda se
hizo tan grande que veintisiete siglos después, su cuento se sigue contando,
aunque sea con el nombre de «Cenicienta».
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