Estados Unidos, el US MAINE y la mentira que hundió a España

Estados Unidos, el US Maine y la mentira que hundió a España.

Ocurrió en 1898. El acorazado Maine entró en la bahía de La Habana y nunca más volvió a salir. Su explosión desencadenó una serie de acontecimientos que marcaron no solo a Cuba, España y Estados Unidos, sino al mundo entero y la historia que le siguió. Pero pongámonos en contexto.

El imperio español llevaba desde 1895 sumido en una guerra sin cuartel contra el movimiento independentista cubano. Por otro lado, Estados Unidos, recuperado de su guerra de secesión, había iniciado un movimiento expansionista que arrasó a su paso con cuanto encontró. México ya había sufrido en sus carnes la voracidad de sus vecinos, pero esta no se detuvo ahí. El próximo paso era cruzar el mar, y sus ojos miraban a Cuba.

La situación era ideal y, ya se sabe, a río revuelto, ganancia de pescadores. Era un secreto a voces que Estados Unidos apoyaba al movimiento insurgente cubano, aunque, como era de esperar, sus intenciones iban mucho más allá.

La cuestión es que el 25 de enero de 1898 el acorazado USS Maine cruzó la bahía de La Habana. Aquello se trataba, según afirmaron, de una simple visita rutinaria. Sea como fuere, los oficiales del acorazado fueron recibidos con honores por la armada española. Durante tres semanas estos americanos deambularon de fasto en fasto, agasajados del mismo modo que se agasaja a un rey; los soldados disfrutaron de lo más parecido que habían tenido en mucho tiempo a unas vacaciones… pero todo eso se acabó el 15 de Febrero a las 21:40. En ese momento, el USS Maine estalló por los aires.

La explosión mató a doscientas sesenta y seis personas. En cambio, y en una más que extraña casualidad del destino, en ese momento no había un solo oficial a bordo del acorazado.

William McKinley, el presidente norteamericano, tirando de un discurso que muchos catalogarían de xenófobo, responsabilizó de inmediato a los españoles y a su «brutal naturaleza». No había ninguna prueba que lo confirmase, pero eso era lo de menos. Estados Unidos ya tenía un casus belli para declararle la guerra a España. Los dos grandes periódicos americanos de la época, el New York World y el New York Journal, lanzaron una campaña mediática sin precedentes. Sus propietarios, los multimillonarios Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst, conchabados con la Casa Blanca, no dudaron en usar mil y una argucias para polarizar a la opinión pública y deshumanizar a españoles y cubanos, haciendo popular la frase «¡Recordad el Maine, al infierno con España!». Acababa de nacer la moderna prensa amarilla. A Hearst podemos recordarlo por ser el inspirador de la película Ciudadano Kane. A Pulitzer por dar su nombre a los más reconocidos premios de periodismo mundial; toda una ironía no exenta de cinismo.

De hecho, Hearst, curiosamente, había estado en la Habana unos días antes de la explosión. A bordo de su yate Bucanero, preparó todas las operaciones de información, ¿pero qué información debía preparar si aún no había ocurrido nada?

El capitán del Maine, Charles Sigsbee, fue el primero en mentir y asegurar que la explosión se había dado por algo externo al barco, aunque lo cierto es que era imposible asegurarse, pues no se permitió que un solo ingeniero español examinase la zona. Pedro Peral y Caballero, en cambio, y a pesar de las dificultades, consiguió realizar un elaborado informe en el que demostraba que la explosión se había realizado desde el interior. Pero esa información no interesaba ser oída.

La guerra estalló, y lo que ocurrió a continuación es de sobras conocido. La flota del Caribe y de Manila fue destruida; miles de hombres murieron en Cuba y Filipinas; se perdió Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam; Estados Unidos se hizo con el control de aquellos países y, mientras tanto, en España se abrió una herida que incluso a día de hoy sigue sangrando.

Pero a pesar de todo, las investigaciones para dictaminar qué había ocurrido en el Maine no se detuvieron. La primera fue realizada por una comisión capitaneada por el General William T. Sampson en el mismo 1898. En ella, y aunque de poco serviría su informe, se decía: «El tribunal no ha podido obtener evidencia de la fijación de la responsabilidad de la destrucción del Maine a cualquier persona o personas».

En 1910, con una Cuba ya independiente (aunque bajo la sombra de los Estados Unidos), se decidió realizar una segunda investigación. El barco se reflotó en 1911 y, tras un análisis, se llegó a ciertas conclusiones que ya hacían dudar de la primera versión oficial. Si bien no aseveraba la inocencia española, si daba muestras de que ciertas explosiones habían tenido lugar a nivel interno.

Pero no fue hasta 1974 que por fin la verdad salió a la luz. El almirante Hyman G. Rickover realizó una investigación privada que publicó en 1976 en un libro que se tituló How the Battleship Maine Was Destroyed. En él, y usando la información del resto de comisiones, llegó a la conclusión de que la explosión no había sido causada por una mina sino por un accidente causado tras un incendio en las carboneras del barco y la posterior expansión del mismo a los pañoles de munición, lo que provocó las explosiones internas citadas en el resto de investigaciones.

Tras aquel, se han realizado otros estudios exhaustivos y todos refutan sin excepción la teoría del almirante Rickover. La teoría de un atentado de falsa bandera fue cobrando fuerza. De hecho, en La Habana se levantó un monumento a las víctimas del Maine, y en él las autoridades cubanas inscribieron lo siguiente: «A las víctimas de El Maine que fueron sacrificadas por la voracidad imperialista en su afán de apoderarse de la isla de Cuba».

Pero no fue hasta el año 1997, con la desclasificación de los documentos relativos a la Operación Northwoods (con la que el gobierno estadounidense pretendía poner en jaque al de Fidel Castro), que todo vio la luz de manera oficial. En ese documento barajaban la idea de bombardear y hundir un navío estadounidense en la base Guantánamo para obtener un casus belli contra Cuba «tal y como hicimos con el USS Maine».

No obstante, no creáis nada, leed a unos y a otros y, finalmente, tomad vuestras propias conclusiones, porque, sabiendo lo que ahora sabemos, ya parece que no podemos ni fiarnos de todo un premio Pulitzer.

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