ARGOS, el fiel perro
de ULISES
De sobras es
conocida aquella frase del abogado George Graham Vest en la que aseguraba que
el perro es el mejor amigo del hombre.
Y todos los que alguna vez hemos tenido un amigo
cánido, sabemos de sobras que difícilmente podremos encontrar sobre la faz de
la tierra a un ser más fiel.
Algo así debió pensar el propio Ulises a su
regreso a Ítaca.
Recapitulando, para aquellos que no conozcáis su
historia, el héroe heleno, tras diez años luchando en la guerra de Troya,
embarca en sus naves y pone rumbo a su patria natal.
Sin embargo, el infortunio se ceba con él y su
tripulación, provocando que su ansiado regreso se convierta en una odisea de
diez años más.
Su esposa Penélope, durante aquellos largos
veinte años, ha espantado como ha podido a los pretendientes al trono, sin
embargo, las circunstancias la obligan a admitir lo obvio: que su marido jamás
regresará y que debe aceptar que su trono lo ocupe un nuevo rey.
Por otra, los pretendientes ya planean cuál será
el siguiente paso: conforme sea nombrado el nuevo rey, el hijo de Ulises y
Penélope, Telémaco, será asesinado para asegurar que no habrá intromisiones al
trono.
Madre e hijo se aferran a una última
oportunidad; un viaje desesperado de Telémaco hasta Esparta en busca de su
padre. El rey Menelao, al fin, le da noticias de su padre: este está apresado
por una ninfa llamada Calipso. Para resumir diremos que, con intervención
divina mediante, Ulises, al fin, es liberado.
Vestido con harapos, cansado y veinte años más
viejo, el héroe regresa a su hogar. Allí ya nadie lo reconoce, ni los que un
día le adoraron como rey, ni sus antiguos camaradas, ni su esposa... nadie
excepto su fiel amigo, su perro Argos.
Durante aquel tiempo, los pretendientes al
trono, como acto de repulsa al ausente rey, habían vertido los desechos de sus
animales a las puertas de su casa.
Pero a pesar de eso, Argos, no se había movido
de allí a la espera de que algún día su amo regresase.
Lleno de garrapatas, famélico y moribundo, el
fiel compañero agachó la cabeza y movió el rabo por primera vez en veinte años.
Y aunque trató de levantarse para ir a su encuentro, sus patas ya no le
respondían. Estaba demasiado débil siquiera para ponerse en pie.
Ulises, quien aún no podía revelar su identidad,
apartó la mirada y, con el corazón roto en pedazos, lloró amargamente.
Argos volvió a agachar la cabeza para no
levantarla jamás. Allí falleció, agotado y viejo, pero colmado por la paz de
aquello que le había mantenido con vida todo este tiempo: volver a ver a su
viejo amigo.
Argos se convirtió en símbolo de lealtad, y a
él, con el paso de los siglos, se sumaron los nombres de cientos, quizá miles,
de compañeros fieles que, como él, aguardaron el regreso de sus amigos hasta el
final de sus días incluso cuando ya todos se habían dado por vencidos.
Y es que, como dijo Josh Billings: «el perro es
el único ser en el mundo que te amará más de lo que se ama a sí mismo».
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